Fractura infrasindesmal de peroné
- Alejandro Conde Rubio
- 18 mar
- 2 min de lectura
Las fracturas de tobillo representan una de las lesiones traumáticas más habituales tanto en el ámbito clínico como en el deportivo. Dentro de las diferentes clasificaciones existentes, la fractura infrasindesmal del peroné, conocida como Weber A, suele considerarse una lesión relativamente estable. No obstante, la evolución funcional del paciente depende en gran medida del enfoque terapéutico aplicado y de cómo se recupere la movilidad y la capacidad de carga durante la rehabilitación.
Desde una perspectiva anatómica, la clasificación de Weber se fundamenta en la relación entre la línea de fractura del peroné y la sindesmosis tibiofibular. En el caso del tipo A, la fractura se sitúa por debajo de la sindesmosis, lo que habitualmente indica que este complejo ligamentoso estabilizador permanece preservado. La fractura tipo B se produce a nivel de la sindesmosis tibiofibular. Y la fractura tipo C ocurre por encima de la sindesmosis tibiofibular. Debido a ello, muchas de estas lesiones pueden manejarse de forma conservadora siempre que no exista desplazamiento significativo ni signos de inestabilidad articular.
En términos clínicos, los pacientes suelen presentar dolor en la región lateral del tobillo, inflamación y dificultad para apoyar el pie tras un mecanismo lesional típico de inversión o torsión. Aunque la estabilidad ligamentosa generalmente se mantiene, el periodo inicial de inmovilización junto con el dolor puede provocar rigidez articular, pérdida de fuerza muscular y alteraciones del control neuromuscular si no se aborda adecuadamente.
Una vez superada la fase inicial de protección, el tratamiento de fisioterapia se orienta a recuperar gradualmente la movilidad del tobillo, mejorar la tolerancia a la carga y restaurar la función del sistema musculotendinoso que contribuye a la estabilidad articular. El uso de ejercicio terapéutico progresivo, entrenamiento propioceptivo y fortalecimiento de la musculatura peronea para favorecer una recuperación funcional óptima, suelen ser las pautas más recomendadas.
En la práctica clínica, el objetivo no se limita únicamente a lograr la consolidación ósea, sino a restablecer la movilidad, la estabilidad y la capacidad funcional del paciente. La progresión hacia la marcha completa, el entrenamiento del equilibrio y la readaptación a gestos específicos del deporte o de la vida diaria resultan esenciales para evitar recaídas o sensación de inestabilidad residual.
Incluso en fracturas consideradas estables como la Weber A, la calidad de la rehabilitación marca la diferencia. La consolidación del hueso es solo el primer paso; recuperar plenamente la función es el verdadero reto terapéutico.





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